Mi devoción al lápiz está emparejada al cariño que le tengo a mi sacapuntas. Sé que tiene una estética un tanto dudosa. Reproduce en serigrafía una especie de radio-gramola horrorosa. Y no hablemos de sus colores. Su carcasa es de plástico y tiene forma de capillita. Lo bueno que tiene es que funciona* perfectamente. No pide ni pan ni pilas. Hace más de treinta años que me acompaña. Afila como el primer día. Me costó un adarme. Es muy limpio: guarda las virutas de cedro y el polvillo del grafito hasta la próxima papelera.
* ¡Hasta la radio funciona!